Adriana y yo paseamos

No hay nada en la vida como pasarlo bien y encontrar a la sumisa o sumiso perfecto es un buen comienzo

Adriana y yo paseamos

Como ya os conté, Adriana, mi querida sumisa es una bomba. La primera tarde que coincidimos estuvimos hablando de muchas cosas. Cualquiera que nos hubiera escuchado habría pensado que se trataba de un guión radiofónico, con chistes incluídos, porque continuamente nos estábamos dando entrada el uno al otro, sin parar de reír.

En una de esas, yo tan espontáneo voy y le suelto el clásico entre amigotes,"cómeme la polla". De repente se puso muy seria. Pensé que tal vez le había sentado mal y que tal como íbamos andando por la calle, daría media vuelta y se iría. No éramos hasta el momento más que dos desconocidos que empezaban a dejar de serlo.

De repente, se alejó un poco, se arrodilló y hizo acción de bajarme la cremallera del pantalón. ¡En mitad de la calle! Vale que no soy un tipo remilgado, y qué carajo, ¿a quién no se le ha puesto dura con una escena así? Una mujer chupándotela en medio de la calle al chasquido de los dedos, es el sueño erótico de media humanidad.

Pero una cosa es en la calle, de noche, o a oscuras o yo que sé, pero no en mitad de un lugar superconcurrido donde te puedes encontrar a los vecinos cuando vuelven de comprar el pan. Que no es que importe demasiado lo que los demás opinen de mí, pero tampoco hay que pasarse de libertino.

Así es que la cogí de la mano y la ayudé a levantarse. Con tanta elegancia que dos ancianitas que pasaban por nuestro lado sonrieron con devoción, pensando seguramente que seríamos la típica pareja moderna en la que era ella la que me pedía la mano a él.

  • ¿Qué haces?
  • ¿No me has dicho que te coma la polla?
  • Mujer, era una manera de hablar, si llego a pensar que te lo tomabas en serio no digo nada...
  • Tú te lo pierdes, dijo pícaramente, mientras seguíamos caminando como si nada.

Y ahí supe que con ella todo iría bien, que no pondría nunca pegas y que lo pasaríamos en grande. Les sigo contando...

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