Mathilde, Anaís Nïn

Así nació Venus del mar, con aquella pizca de miel salada en ella, que sólo las caricias pueden hacer manar de los escondidos recovecos de su cuerpo.

Mathilde, Anaís Nïn

“¿Cómo me ve él?”, se preguntó. Se levantó y colocó un largo espejo junto a la ventana. Lo puso de pie, apoyándolo en una silla. Luego, mirándolo, se sentó frente a él, sobre la alfombra, y abrió lentamente las piernas. La vista resultaba encantadora. El cutis era perfecto, y la vulva rosada y plana. Mathilde pensó que era como la hoja del árbol de la goma, con la secreta leche que la presión del dedo podía hacer brotar y la fragante humedad que evocaba la de las conchas marinas. Así nació Venus del mar, con aquella pizca de miel salada en ella, que sólo las caricias pueden hacer manar de los escondidos recovecos de su cuerpo.

Mathilde, Anaís Nïn

Comentarios

Los nuevos comentarios se moderan antes de mostrarse públicamente.

Todavía no hay comentarios aprobados.

Deja un comentario

Necesitas una cuenta para participar en la conversación. Accede o regístrate para comentar.

Registrarse

Leer a continuación

Más piezas del mismo flujo editorial.

Dos buenos samaritanos

Dos buenos samaritanos

Relato

Siempre se encuentra alguien que hace aún más fácil el placer...

Una curiosa dieta

Una curiosa dieta

Relato

No hay nada como darle la vuelta a una situación para propia satisfacción...

Don Julio el conserje

Don Julio el conserje

Relato

Hay que ver el juego que daba don Julio...