Hay desconocidos que follan como los dioses

Al final nunca supe su nombre. Pero él tampoco supo el mío.

Hay desconocidos que follan como los dioses

Yo estaba en una fiesta de esas que tienen más licor que personas. Llevaba unas dos horas tratando de irme, pero mi amiga no me dejaba. Cuando por fin me pude ir, un chico de unos 28 años me preguntó que si tenía fuego, le dije que no y seguí mi camino a la puerta. Me siguió y me dijo “¿Quieres un trago?”, le dije que no y seguí caminando. Insistió y me preguntó que si quería tener sexo, lo miré unos diez segundos a los ojos.

No sé si fue lo sexy que se veía o los efectos del licor, pero le dije que sí. Se marchó conmigo y en el taxi apenas nos miramos. Nos dirigimos a su apartamento. El típico apartamento de soltero que huele a sexo, a pizza y a cerveza. Me brindó un trago y le dije que no, de nuevo. Empezamos a besarnos y ni siquiera hubo tiempo de ponernos cómodos.

Nos besamos con tantas ganas que cualquiera podía oler el verano que llevábamos entre las piernas. Follamos y lo hicimos hasta que no pudimos más. Fue diferente, nuevo, exquisito y hasta doloroso, y ni siquiera sabíamos nuestros nombres, ninguno sabía absolutamente nada del otro. Pero por alguna cuestión de química yo sentí que lo necesitaba teniendo un orgasmo dentro de mí. Y así fue, lo hicimos como el acto más mundano de cualquier mortal, embriagados de excitación y morbo hasta el aliento.

Al final nunca supe su nombre. Pero él tampoco supo el mío.

Imagen: micadew

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