“La conciencia de que pertenecía a mi supremo amado me agitó con tanto placer y me trastorno tanto el alma que congregó todos sus jugos sensibles en aquel órgano del gozo concebido para acogerlo. Concentrados allí como en un crisol, fulgían y ardían con intensísimo clamor; se habían, en suma, tensado tanto los resortes del placer que, de tanto jadear en espera del inminente gozo, me encontraba mareada de deseo e incapaz de soportar la combinación de las dos ideas diferentes que deliciosamente me aturdían. Lo único en que podía pensar era que me encontraba a la vez en contacto con el instrumento del placer y con el gran sello del amor, y eran estas ideas que, al confluir, derramaban un océano de embriagadora dicha dentro de una frágil ánfora, demasiado pequeña para contenerlo, y me dejaban abrumada, absorta, perdida en una sima de gozo y agonizante de desmedidas delicias”.
Fanny Hill, fragmento. John Cleland
La pertenencia, ese estado que no se puede apenas definir, pero que cuando se alcanza no se cambia por nada en el mundo...
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