Cuando te levantaba las faldas perfumadas roja, como una rosa, tu cara era una risa; tus ojos negros eran más negros y más blandos, todo el aroma de tu cuerpo se encendía.
Y sobre la locura del instante del estío te cegaba los ojos tu cabellera tibia. Un mohín de fastidio replegaba tu labio y mostrabas tus dientes de luminosa china…
Nunca el reproche tuvo tibieza ni amargura, te dabas toda porque sí, porque querías, y las rosas quemadas de tu jardín con sol ornaban con fragancia de oro tu fatiga.
Imagen: HazAnne
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