Don Julio el conserje

Por RedLips, el 06/02/2022

Don Julio el conserje

Don Julio era el portero de mi bloque. Atento y servicial, se ocupaba de cualquier arreglo que necesitáramos. Mi madre lo apreciaba mucho, hasta que un día comprendí porqué, y entonces yo también lo hice. Estaba casado con doña Amparito, una mujer hermosa y lozana, que ayudaba en las tareas de la conserjería y que en la edad madura se volvió más religiosa aún si cabe que en su juventud.

Lo supe por Don Julio, cuando llegó el momento de tener intimidad para contar esas cosas, porque el jamás dijo una palabra más alta que otra de la actitud de su mujer. Mi madre también era una mujer religiosa, y a pesar de la diferencia de clase social, tenía buena amistad con doña Amaparito, con la que compartía rezos de rosario y tratarse de usted. Y algo más que solo sabía mi madre y luego supe yo.

Don Julio, además de arreglar cosas en el edificio, le arreglaba el cuerpo a mi madre. Ante las negativas de su esposa, el hombre por pura casualidad fue a dar con mi madre, viuda y necesitada de cariño. Jamás supe cuándo ni cómo, aunque es cierto que yo andaba poco por casa, porque nunca sospeché de ninguno de los dos. Por don Julio supe que mi madre iba después como loca a confesarse aprovechando como excusa cualquiera de sus actividades, no en su parroquia habitual, en la que el sacerdote le habría hecho sufrir un tormento de remordimientos, sino en cualquiera donde era una pecadora anónima. 

Todo empezó un día en que se descolgó una lámpara del salón de casa. Mi madre estaba con alguna de sus cosas y yo a punto de ir a la ducha para salir. Llamé a don Julio enseguida y luego fui consciente de que había venido deprisa y corriendo, tenía un aspecto algo desaliñado, no llevaba calcetines y en un momento dado me di cuenta de que tampoco ropa interior.

Ay, don Julio! tan padre y tan hombre a la vez... y yo tan niña y tan ingenua... Como ese día tenía prisa y el destrozo que podía ocasionar la lámpara era grave, me puse a ayudarle. Iba apenas vestida con una camiseta y un pantaloncito, sin ser consciente de que desde arriba el buen hombre podía ver todo mi escote. Ahí noté que con las prisas no se había puesto nada más que el mono, y que comenzaba a tener una buena erección, descomunal, que me daba una idea de lo que había ahí debajo... Salí como pude de esa situación, pero ya nada fue lo mismo. Se fue al poco rato, y yo me metí en la ducha rápido y me fui. Estuve todo el día con una gran excitación en mi entrepierna, desubicada y distraída pensando en la reacción de mi cuerpo al observar a don Julio.

Desde luego no era el tipo de hombre en el que me habría fijado ni por el que me hubiera sentido atraída. Pensé que se me pasaría, y lo cierto es que pude evitarlo unos días, hasta que esta vez un pequeño atasco me obligó a llamarlo de nuevo. Fue en el baño, y ambos llevábamos más ropa que la vez anterior. Ambos tratábamos de actuar de forma natural, pero yo apenas conseguía tranquilizarme, no me quitaba de la cabeza su erección. Empezaba a notarme mojada y en ese momento era difícil irme de allí. A pesar de mis esfuerzos por serenarme en un momento dado volqué sobre él uno bote de alguno de los productos que me había pedido que quitara de enmedio en la ducha.

Como en cualquier película barata, se derramó encima de sus pantalones y mi reacción fue espontánea y natural, tomar una toalla y limpiar lo que había derramado. Solo que no estaba en la mesa de la cocina, era don Julio, que al contacto con la toalla tuvo una erección brutal. Ahí ya no pude disimular, y sin darme ni cuenta comencé a manipular su pene, tras quitarle el pantalón y empujarlo suavemente a la ducha. Y me vi allí dentro, con un cincuentón algo entrado en carnes, con su polla a la altura de mi boca, mientras el agua empapaba mi ropa. Jamás había hecho algo así, pero me resultó inevitable metermela y comenzar a chupar. Don Julio estaba desconcertado, pero estaba más empalmado, y supongo que en ese momento el escrúpulo de ser yo quien era le daba igual. Era un hombre con una erección, frente a una jovencita caliente dispuesta a hacerle una mamada. Me dejó hacer, pero tuvo el detalle de sacar su polla de mi boca cuando iba a correrse. 

Esa fue mi primera, pero no mi única vez con don Julio. No era una relación, y después de las primeras veces se fueron dosificando los encuentros. No hablábamos mucho, pero siempre decía que con la mujer tan estupenda que tenía, se veía obligado a hacer estas cosas. Lo decía con culpabilidad, no es que yo no fuera hermosa, o mi madre, es que por la tontería de la religión de su mujer, no podía ni tener los derechos que le proporcionaba ser un hombre casado. Si fuera así, de qué iba él a hacer esto...

Y así estuve manteniendo relaciones con don Julio unos meses, compartiéndolo con mi madre. Fue curioso que no me molestara para nada, jamás pregunté cómo era con ella. Sabía que era puro aprovechamiento físico, como cuando a uno le pica y se rasca. En mi caso no había obligaciones ni agobios. En el de mi madre había remordimientos, pero supongo que también le daba más morbo. Cuando me apetecía, lo llamaba para arreglar una supuesta avería y sin apenas cruzar palabras, en el baño, me quitaba las bragas, me ponía a cuatro patas y le pedía que me follara, luego seguía con mi vida y él con la suya. 

Al cabo de unos meses me fui a otra ciudad a estudiar y se acabó don Julio. Lo he echado de menos muchas veces, no he vuelto a tener un pene tan interesante como el suyo y eso que he probado unos cuantos...


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