Fantasía en la pastelería

Por Lara Vels, el 27/04/2019

Fantasía en la pastelería

Mauricio se quedó sorprendido al verlo entrar en la panadería. Era posiblemente el hombre más guapo que había visto en la vida. Moreno, ojos oscuros, mandíbula cuadrada y una barba incipiente e indómita que oscurecía y enmarcaba aún más su bello rostro. Atlético, enérgico en sus movimientos, podría haber pasado por un surfista. Cuando después de guardar su turno le pidió con sonrisa arrebatadora y voz de barítono, un surtido de pastas variadas sintió que se le nublaba la vista.

A duras penas consiguió agarrar con cierta soltura la bandeja de cartón, las pinzas y hacer salir la voz de su garganta para preguntarle si de estas o aquellas pastas. Al agacharse tras el mostrador comprobó su evidente buena forma y a imaginar un montón de cosas más que tuvo que desechar si no quería que todo se le cayera al suelo. Estaba empezando a faltarle el aliento. Si al verlo cruzar la puerta ya le había impresionado, en la distancia corta era un dios. Lástima que también fuera su servidor. El alzacuellos lo delataba. Hacía siglos que no veía a un hombre tan guapo y otros tantos que no veía a un cura. Y todo junto jamás. El sacerdote preguntó con amabilidad cuanto era, le pagó y le dijo que esperaba que las pastas estuvieran tan buens como parecían. Que su madre estaría unos días con él mientras se instalaba y quería llevarle un detalle, que ya pasaría para contarle qué le habían parecido.

Mauricio pensó que ojalá le disgustaran profundamente y que pasara por la tienda a última hora de la tarde, a punto de cerrar, para quejarse. Y que ojalá estuviera tan enfadado que lo llevara al almacén, lo desnudara y lo azotara salvajemente para castigarlo. Sentir el tacto de su piel mientras golpeaba sus nalgas y pedía por favor más y más. Y ponerse a su disposición y decile que haría cualquier cosa, cualquiera, con tal de que lo perdonara... La campanilla del siguiente cliente le hizo volver a la realidad. Acababa de recuperar la fe...

 


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